Entrevista a Jorge Escuder: “Fabricar aquí es el acto más verde que puede hacer Canarias”
La contradicción que nadie nombra
En Canarias hemos aprendido a hablar de sostenibilidad. Aparece en los planes estratégicos, en los discursos institucionales, en las campañas de turismo. Y sin embargo, hay una contradicción enorme en el centro de todo ese discurso que casi nadie señala: un archipiélago que importa más del 85% de lo que consume no puede llamarse sostenible. Es, en términos ambientales, uno de los territorios más dependientes del transporte marítimo de larga distancia de toda la Unión Europea.
Cada vez que un producto llega a Canarias desde la Península, desde Europa o desde el otro lado del mundo, ese trayecto tiene un coste ambiental. El transporte marítimo es el modo de distribución más eficiente en términos de CO2 por tonelada-kilómetro, cierto. Pero la eficiencia del barco no cancela la distancia. Y cuando una botella de agua fabricada en Canarias compite en el lineal con otra fabricada en el continente y traída en barco, la diferencia de huella de carbono es real, es medible y es sustancial. Lo que no tiene es visibilidad.
Esa invisibilidad es un problema político. Porque mientras el coste ambiental del transporte no se incorpore a la ecuación, seguiremos tomando decisiones de compra, de contratación pública y de política industrial que tienen mucho menos sentido medioambiental del que aparentan. Y Canarias, que se presenta al mundo como destino sostenible, lleva décadas desmontando esa imagen con cada barco que descarga en sus puertos productos que podría haber fabricado en casa.
El kilómetro que nadie cuenta
Existe un concepto que la industria alimentaria conoce bien y que en Canarias debería convertirse en política pública: los alimentos kilométricos. La idea es simple. La distancia que recorre un producto desde su fabricación hasta el consumidor tiene un coste en emisiones. Un yogur producido en Asturias y consumido en Las Palmas de Gran Canaria ha recorrido más de 2.000 kilómetros. Un yogur producido en Las Palmas ha recorrido unos pocos. Las materias primas de ambos pueden venir de sitios similares. La huella del transporte final, sin embargo, es radicalmente diferente.
Este principio se aplica a mucho más que a los alimentos. Los materiales de construcción, los productos de higiene, los envases, el equipamiento industrial: todo tiene un recorrido. Y en un archipiélago a más de 2.000 kilómetros del continente europeo, ese recorrido siempre es largo cuando el producto no se fabrica aquí. La industria canaria, al producir cerca del consumidor, realiza automáticamente la reducción de emisiones más directa y eficaz que existe: eliminar el transporte de larga distancia.
El transporte marítimo internacional emite alrededor de 940 millones de toneladas de CO2 al año y representa aproximadamente el 2,5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, según el Parlamento Europeo. No es una cifra abstracta. Es el coste del modelo económico basado en la globalización de las cadenas de suministro. Un modelo que en Canarias se aplica de forma especialmente intensa porque, a diferencia de una región continental, aquí no hay camión que sustituya al barco.
Las islas son el laboratorio de la economía circular
Hay algo que los economistas llevan décadas reconociendo sobre los territorios insulares: son el laboratorio natural más riguroso de la economía circular. Una isla no puede engañarse a sí misma sobre sus residuos. No puede exportarlos cómodamente a un vertedero lejano. No puede fingir que los recursos son infinitos. El límite físico del territorio obliga a mirar de frente lo que se consume y lo que se desecha.
En Canarias, esa realidad es especialmente aguda. Las islas no son infinitas. El suelo es escaso. Los vertederos tienen un límite. El agua es cara y difícil de obtener. Y sin embargo, seguimos funcionando en gran medida con un modelo lineal: traer, usar, tirar. Un modelo que en un territorio continental tiene cierto margen de maniobra. Aquí, no.
La industria local es el único actor capaz de cerrar los círculos que la economía circular exige. Una empresa industrial que produce en Canarias puede recuperar sus envases, reutilizar sus residuos de proceso, integrarse en cadenas cortas de materiales secundarios. Una empresa continental que abastece a Canarias no puede hacer nada de eso a escala local. Los residuos que genera el consumo canario se acumulan aquí. La capacidad de transformarlos también tiene que estar aquí.
El Gobierno de Canarias trabaja en un plan de economía circular. Es una buena noticia. Pero ese plan no funcionará si no hay industria local capaz de valorizar los materiales que se recuperan. La economía circular sin industria es solo un plan de recogida de residuos. Los materiales recuperados tienen que convertirse en algo. Alguien tiene que transformarlos. Y ese alguien, si queremos que el ciclo sea realmente circular y no una exportación de residuos a plantas de otro territorio, tiene que estar en Canarias.
Renovables e industria: la transición que necesitamos hacer juntos
Canarias tiene una de las mejores dotaciones de recursos renovables de España. Sol casi todo el año, viento constante, potencial geotérmico todavía poco explorado. Esa es una ventaja enorme que aún no hemos sabido convertir en competitividad industrial.
La industria canaria depende hoy en un porcentaje muy alto de energía generada con combustibles fósiles importados. Eso la encarece, la hace vulnerable y la aleja de los estándares de sostenibilidad que el mercado y la normativa europea van a exigir con creciente intensidad. Pero hay otra manera de leer esa situación: el margen de mejora es enorme. Una industria canaria que avance hacia el autoconsumo con renovables no solo reduce su coste energético entre un 30% y un 60%. Se convierte en uno de los sectores industriales más limpios de España, con una huella de carbono en producción que las fábricas continentales, atadas a redes eléctricas más contaminantes, no pueden igualar.
Islandia lo entendió hace décadas. Transformó su energía geotérmica en ventaja industrial: atrajo fundiciones, industrias de alto consumo energético, manufacturas que en otros territorios no podían ser competitivas porque la energía era cara. Canarias tiene una escala diferente y unos recursos diferentes, pero el principio es el mismo. La energía renovable abundante puede ser el factor de localización industrial más poderoso que tiene el archipiélago. Si dejamos que ese potencial se diluya sin conectarlo con una política industrial deliberada, habremos perdido una oportunidad histórica.
ASINCA lleva tiempo demandando que los procedimientos de autorización de instalaciones de autoconsumo industrial con renovables se agilicen. Hoy pueden superar los 24 meses. Es un plazo incompatible con cualquier estrategia empresarial seria. Y es, paradójicamente, una de las trabas más concretas que frenan la descarbonización industrial canaria. No hace falta una gran reforma legislativa para resolverlo. Hace falta voluntad administrativa.
La sostenibilidad no puede ser un lujo de importación
Hay una trampa en la que Canarias corre el riesgo de caer: pensar que la transición ecológica consiste en consumir los mismos productos de antes, pero con etiqueta verde importada. Agua en botellas con compensación de carbono calculada en oficinas de Amsterdam. Alimentación envasada con sellos de sostenibilidad generados por consultoras de Bruselas. Productos de higiene certificados en Alemania.
Eso no es la transición ecológica. Es su simulacro. La sostenibilidad real en un territorio como Canarias tiene un componente de proximidad que no puede suplirse con certificados. Tiene que ver con producir cerca, consumir cerca, cerrar los ciclos de materiales en el propio territorio. Eso es lo que hace la industria local. Y eso es lo que se destruye cada vez que una empresa canaria cierra porque no puede competir con un producto importado cuyo verdadero coste ambiental nadie ha calculado.
Existe además una dimensión de justicia en este argumento. Los territorios que más dependen del transporte marítimo de larga distancia son, paradójicamente, los que menos capacidad tienen para reducirlo por sí solos. Canarias no puede dejar de importar lo que no produce. Por eso, fortalecer la capacidad productiva local es, al mismo tiempo, una política industrial, una política de empleo y unaF política climática. Las tres cosas a la vez, con el mismo instrumento.
Verde no es un color. Es una decisión de producción
En los próximos años, la normativa europea va a exigir que los productos que se comercializan en la UE demuestren su huella de carbono a lo largo de todo su ciclo de vida. El CBAM, el Reglamento de Ecodiseño, la nueva directiva de etiquetado ambiental: todos apuntan en la misma dirección. La transparencia sobre el impacto real de lo que se produce y se consume va a ser obligatoria.
Cuando eso ocurra, la industria canaria tendrá una ventaja que hoy no está siendo reconocida ni valorada: produce cerca de donde se consume, cada vez más con energía renovable, con cadenas de suministro cortas y con capacidad para integrarse en ciclos circulares locales. Si se hacen bien las cosas, la industria canaria puede ser la más sostenible de España. No por declaración institucional, sino por estructura territorial.
Para que eso suceda, hacen falta dos cosas. Que las administraciones canarias entiendan que apoyar a la industria local es apoyar la sostenibilidad, no contradecirla. Y que la sociedad canaria entienda que elegir un producto elaborado en Canarias no es solo un gesto económico. Es, también, el gesto ambiental más directo que tiene a su alcance.
En ASINCA seguiremos diciéndolo con datos. La industria canaria no es el problema ecológico. Es parte de la solución.
"Canarias no puede ser verde importando lo que podría producir. La sostenibilidad empieza por fabricar en casa”.
Fuente: Tribuna de Canarias | ACTUALIDAD (Junio 2026)
